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De acontecimientos naturales a fenómenos de masas

20th abril 2017


No podemos pasar por alto que, en una sociedad en la que lo novedoso siempre vende, el tiempo meteorológico es, de manera permanente e inamovible, una noticia de valor e interés, con sección propia en los informativos y el mejor recurso posible para salir airoso de las conversaciones triviales de ascensor con los vecinos.

La relación entre los medios de comunicación y la Agencia Estatal de Meteorología es como un matrimonio bien avenido de esos que, a pesar de los años, sigue manteniendo su fortaleza, aunque solo sea por rutina. Pero la historia se torna más apasionada cuando entra en juego algún fenómeno natural cuya amenaza sobre la especie humana se intensifica, ya sea un terremoto, maremoto, huracán o inundación. Siempre habrá espacio para ellos en las principales cabeceras, porque se comercializa con buenos resultados si se mantiene la tensión entre el antes, el durante y el después.

Pero entre lo rutinario y lo imprevisible, ¿cuándo se convirtieron en fenómenos de masas algunos acontecimientos que se suceden de forma periódica en la naturaleza? Probablemente cuando se hicieron rentables. Y lo rentable, cómo no, se explota, siempre y cuando logremos dar un carácter único a hechos que ocurren una vez al año.

Es el caso, por ejemplo, de un evento natural que comparten España y Japón y que, curiosamente, ambos han ocupado páginas u otras parcelitas en radio, televisión y portales digitales de nuestro país. Me refiero a la floración del cerezo en el Valle del Jerte en Extremadura y en el templo Yasukuni de Tokio, un suceso que, si bien no se produce siempre en las mismas fechas exactas, marca el inicio de la primavera y es esperado y admirado por turistas y curiosos, y, sobre todo, por comercios, restaurantes y alojamientos locales, que disfrutan del negocio paralelo que les brinda esta explosión de color y vida.

Las campañas de comunicación y publicidad promovidas por las administraciones públicas y otras entidades que viven durante dos semanas del cerezo en flor se multiplican para atraer visitantes a la zona, unos 50.000 anuales en el caso de España y en torno al millón y medio en Japón. El “Jerte” y el “Sakura” se han convertido, por tanto, en marcas nacionales y, en consecuencia, se miman desde las distintas instituciones que velan por que Mama Tierra les siga permitiendo ofrecer cada año una amplia y variada oferta turística asociada a este espectáculo natural.

Una vez caen las flores, los focos sobre los cerezos no se apagan del todo, más bien quedan a media luz, porque se ha levantado toda una industria en ambas zonas en torno a este hecho, comercializando un sinfín de productos cuyo ingrediente principal son sus frutos y que buscan mantener viva la llama de la magia de la floración. El telón vuelve a abrirse cada primavera, pero, cual inofensivo tsunami, deja un reguero de prosperidad y oportunidades a lo largo de todo el año.


ISABEL BERMEJO

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