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Libre pensamiento de los profesionales Grayling.

Me he comprado un reloj

15th marzo 2017


Como nativa analógica con casi un cuarto de siglo en activo, primero en prensa y luego en comunicación corporativa, está resultando apasionante vivir en primera persona los cambios que ha traído la Era Digital a nuestra vida, en general, y muy en particular a las profesiones ligadas a los entornos de comunicación y marketing.

Unos cambios que han hecho, ya no solo que vivamos rodeados de flujos de datos, sino que nos convirtamos en propios generadores de esos flujos de datos e informaciones. Todos y cada uno de quienes nos conectamos a la red. Esto, que afecta a muchos niveles en positivo, también lo hace en negativo. Hay que estar especialmente capacitados para digerir y gestionar esa sobreinformación.

El nuevo hábitat se ha convertido en un caldo de cultivo excepcional para tendencias clave que permiten a las marcas influenciar en cómo las personas compramos y tomamos decisiones de consumo. Hablamos, por ejemplo, del Big Data (según IDC, el valor del mercado relacionado con los programas y equipos que se emplean para descifrar grandes volúmenes de información rozará, en el 2019, cerca de 45.000 millones de euros),o el Inbound Marketing, que viene a definirse como el conjunto de técnicas de marketing no intrusivas -eufemismo donde los haya dado el alcance y la influencia que ha demostrado tener la comunicación digital- que permiten conseguir captar clientes aportando valor a través de la combinación de varias acciones de marketing digital como el SEO, el marketing de contenidos, la presencia en redes sociales, la generación de leads y la analítica web. Bien utilizadas son prodigiosas. Mal gestionadas, una verdadera amenaza para nuestra salud mental.

Y esto no ha hecho más que empezar. Que se lo digan si no a ese Internet de las cosas, que, de la noche a la mañana, nos ha convertido a todos en seres con superpoderes.  Pagamos con anillos, pulseras o cualquier complemento que se nos antoje, abrimos cuentas bancarias con un selfie, los coches nos avisan de cuándo hemos de pagar la cuota del seguro, los electrodomésticos piden directamente al proveedor alimentos, detergente… Y, en medio de todo esto, los seres humanos, a los que la racionalidad define pero no caracteriza, recibimos y generamos más y más y más información. Y nos lo creemos todo. O casi todo. Claramente necesitamos herramientas que mejoren la capacidad de filtrado. O, mejor, convertirnos nosotros mismos en el filtro y adaptar tanto nuestros hábitos de consumo  como la información que generamos a nuestras verdaderas necesidades e intereses.

Hay que entrenar cerebro y criterio para localizar, analizar y contrastar la información en la red.  Pero también habituarnos a pequeños (o grandes) gestos, como no conectarnos a los dispositivos móviles cuando comemos o nos reunimos con familia o amigos, manejar con cabeza los wearables, o comprarnos un reloj de pulsera de los de toda la vida, sin conexión a nada.

¿Acaso soy yo la única que va caminando, saca el móvil del bolso para ver la hora y cuando lo guarda se da cuenta de que de la hora que es no tienen ni idea pero en el interim le ha dado tiempo a leer -y contestar- varios emails y revisar las últimas entradas a sus grupos de WhatsApp? …  Pues eso. Yo, que jamás lo he usado, me he comprado un reloj. A ver si funciona el filtro. Tic, tac, tic, tac.


Carmen Martos

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